Durante gran parte del siglo XX, China era un país pobre, aislado y controlado completamente por un sistema comunista totalitario. Millones de ciudadanos vivían bajo fuertes limitaciones económicas, políticas y sociales, mientras el país permanecía lejos del poder económico y tecnológico de Occidente.
Sin embargo, todo comenzó a cambiar cuando las potencias occidentales, especialmente el Reino Unido y posteriormente Estados Unidos y Europa, comenzaron a abrir las puertas económicas hacia China.
El objetivo occidental era claro: integrar a China en la economía global esperando que, con el tiempo, el crecimiento económico trajera también una apertura política y mayores libertades internas. China aceptó parcialmente esa apertura, pero bajo sus propias reglas.
El régimen chino permitió la entrada de empresas extranjeras, inversiones internacionales y producción industrial masiva, pero sin abandonar nunca el control absoluto del Partido Comunista. Nació así un modelo único: un capitalismo controlado por un sistema comunista autoritario.
Muchas empresas occidentales descubrieron rápidamente que hacer negocios en China implicaba